
Comencemos por el siglo XIV, entonces, De Mussis, un tártaro musulmán, produjo una epidemia de peste bubónica en Caffa después de catapultar cadáveres infectados por encima de las murallas de la ciudad. Esto mismo ocurrió en 1785 con la tropas tunecinas en el sitio de La Calle, pero en este caso en lugar de cadáveres su utilizó ropa contaminada.
Y, ya en el siglo XX, en 1940 concretamente, en China y Manchuria se sufrió una epidemia de peste epidémica después de que aviones japoneses dejaran caer pulgas infectadas sobre el terreno.
Cadáveres y ropas contaminados de peste, pura guerra biológica. Pero incluso sin contaminación se pueden llevar a cabo estas acciones ofensivas. En 1422, durante el asedio de Karlsejn, se catapultaron sobre la ciudad soldados muertos y unos 2.000 carros cargados de estiércol. Quizás esto no sea tan efectivo como los casos anteriores, pero llenar una ciudad asediada de mierda, literalmente, contribuye a su caída.
Y la última técnica, en este caso española. Según parece, en 1485, en las cercanías de Nápoles, los soldados españoles llevaban a cabo sus pequeñas acciones de sabotaje y guerra biológica a través del vino. Lo que hacían era echar un poco de sangre extraída a leprosos dentro de los vasos de vino que posteriormente daban a beber a los franceses.
Fuente: Militaria, de Nicholas Hobbes